No sabía leer ni escribir, y sin embargo trajo un libro que los poetas árabes, maestros de la lengua, no pudieron igualar cuando se les desafió a producir siquiera un solo capítulo como él. Su propio pueblo lo llamaba el Digno de confianza antes de la revelación. No buscó riqueza ni rango: vivió con sencillez, remendaba su propia ropa y, cuando murió, dejó casi nada.
Los más cercanos a él, su esposa, su primo y su amigo Abu Bakr, fueron los primeros en creer, y lo conocían mejor que nadie. Sus seguidores soportaron años de persecución por su mensaje. Los musulmanes ven también el milagro en la rapidez con que un pequeño grupo de personas de una tierra desértica dividida se transformó gracias a su enseñanza.